Por Pomponio, secretario particular del Lic. Mefistófeles Satanás
Hace años, tuve el honor de conocer a Josef Wiener, ya finado, primo distante de Norbert, este último es el padre de la cibernética. Igual que Norbert, Josef era judío. Su familia residía en la Unión Soviética. Ahí se formó Josef y llegó a ser miembro de la Academia de Ciencias de la Unión Soviética y miembro de la facultad de la Universidad de Moscú. Eventualmente Josef pidió emigrar a Israel. Mientras recibía la visa de salida lo trataron de la chingada. Perdió su cargo y lo expulsaron de la Academia y casi estuvo de conserje hasta que finalmente pudo emigrar. La especialidad de Josef eran las ecuaciones diferenciales.
Josef, con su ceño fruncido, parecido a Leonid Breshnev, y carnes generosas, imponía. Vístelo con un traje de cosaco y lo podías imaginar como un oso defendiendo Estalingrado sin dar o pedir cuartel. Sin embargo, la realidad era que Josef era todo un caballero y una de las personas de trato más amable que jamás he conocido.
Josef era durísimo en los exámenes. Sin embargo, algo le reconozco a Josef: a todos, aun a los mas pendejos como su servidor, les llovía lisonjas (“…ustedes tienen la capacidad para las matemáticas necesaria y podrían avanzar esta ciencia mucho si tan solo se aplicaran a ella…”, etc.).
Un día, en confianza, le pregunte: “maestro, ¿por que nos halaga tanto si estamos de a tiro rete pendejos? Dudo que alguno de nosotros trascienda, la verdad.”
Su respuesta fue: “…si haces esa pregunta mas razón tengo de hacerlo…la verdad es que tanto tu como yo y los otros estamos ya demasiado viejos para las matemáticas (tenia yo en ese entonces veintitantos)…pero no quiero que vayan a acabar amargados como Hardy…peor seria si se rindieran y no hicieran la lucha…les tengo que dar toda la confianza posible…dentro de mis posibilidades he podido enseñarles algo pero el conocimiento es arma de doble filo que también los puede limitar…”
Eso me dejo de a seis y Josef lo ha de haber notado en mi cara. Afortunadamente me explico mas: “…por ejemplo, la abeja, si lo vemos desde el punto de vista de la aeronáutica (Josef me dio una explicación detallada de Bernoulli) NO puede volar pues la superficie de sus alas con respecto a su peso, etc., no es adecuada…afortunadamente para ellas, las abejas NO saben de aeronáutica…¿entiendes?...tu en cambio no tienes esa excusa…si fueras abeja te rehusarías a volar y te morirías de hambre pues insistes en ser rigorista para no hacer errores pues no te tienes confianza…ese es el otro extremo, donde tus conocimientos mismos te limitan… nunca dejes que tu ignorancia o aun tus conocimientos sean obstáculos, sobreponte a ellos luchando, luchar es vivir, y entre mas intensamente luches mas intensamente vivirás…”
Debo aclarar que Hardy no era Oliver Hardy, el de Laurel y Hardy, sino que era un matemático británico que escribió una confesión a la manera de San Agustín de Hipo Regio. Hardy se quejaba que ya de viejo había perdido toda capacidad creativa. Y es que es generalmente aceptado (acepto que peco de la falacia de generalización) que los genios matemáticos florecen entre los quince y veinte años, edad en que la mayoría de los chavos se la pasan leyendo –con una sola mano-- la revista Supernalgonas (“¡Muchacho! ¡Ya sal del baño cabrón!”) en lugar de la Principia Matemática. Por cierto, luego de escribir su texto, Hardy se suicido.
Josef me infectó de la locura de servir a la reina (la reina de las ciencias, las matemáticas). Neciamente, me apresté a probar el ultimo teorema de Fermat (aviéntense un wikazo), equivalente en matemáticas a ascender tal vez no el Everest pero si el Aconcagua. Lo hice aun sabiendo que (1) no tenia ya la edad para hacerlo (tenia tal vez 27) y (2) era de a tiro demasiado pendejo para intentarlo.
Decidí que viviría de unos miserables ahorros (era soltero), que no trabajaría mas que en mi obsesión, que con gusto pasaría hambres con tal de tener papel y lápiz (el matemático no necesita mas). Después de medio año desperdiciado con esa obsesión, de querer ser abeja y volar, y ante repetidos fracasos, hasta intente la “solución final” de Hardy, sin éxito obviamente, y aprendí a vivir con mis limitaciones. Josef tenía razón sin embargo: nunca he vivido más intensamente que ese medio año en que viví obsesionado a los pies de la reina. Como dice la Piaf: "Non, je ne regrette rien" (no me arrepiento de nada).
No es por casualidad que equipare a Fermat con el Aconcagua. Verán, en los veintes, el alpinista mas chingón era el británico George Mallory. En esos tiempos no se usaban los tanques de oxigeno para ascender a las alturas. Muchas veces, por la falta de oxigeno, los alpinistas, si sobrevivían, bajaban con ulceras, sufriendo embolias, ciegos, etc. Un reportero le preguntó a Mallory: “¿Por qué hace eso si lo está matando?” Y su respuesta fue: “Si, me mata, pero nunca he vivido con tanta intensidad.” Mallory desapareció en los treintas cuando intentó la primera ascensión al Everest. Su cuerpo fue encontrado hace un par de años. No hay evidencia si Mallory llegó o no a la cima. De lo que si estoy seguro es que murió contento, sin arrepentirse de haber hecho su intento.
Hace poco salio la noticia que un jovencito, de 16 años, había descubierto la solución a un problema matemático llamado “los números de Bernoulli”. Se trata de Mohamed Altoumaimi, un iraquí que reside de refugiado en Suecia. Altoumaimi va a recibir todo el apoyo necesario para continuar su educación y seguir haciendo sus investigaciones.
La noticia de Altoumaimi me hizo me hizo recordar que los mexicanos son descendientes de una raza de matemáticos y astrónomos. Sor Juana se da el quien vive con Hypatia de Alejandría. Están equivocados quienes afirman que en Teotihuacan los hombres se hacían dioses, ¡la verdad es que se hacían matemáticos! Seguro que hay Altoumaimis mexicanos, concluí, pues en México la distribución poblacional indica que los jóvenes son mayoría.
Pero, ¿Qué pasa en México con esos jóvenes que tienen la edad y las neuronas para ser matemáticos? Hoy leí que, en el 2008, 18,000 jovencitos se tuvieron que ir, solos, de mojados. ¡El burro parado se enorgullecía de que en México se producían los mejores jardineros pero no los mejores matemáticos o científicos! ¿Cuántos jovenes mexicanos no acaban rechazados de las universidades del estado porque el estado cristero no quiere invertir en la educación y no hay cupo? ¿Cuántos mexicanos con doctorado en diversas ramas de las ciencias no regresan a México pues saben que el gobierno cristero no apoya la investigación y los salarios, aun de profesor universitario, son de hambre?
Si a ustedes son jóvenes y en el remoto caso que caiga en sus manos estas líneas, por favor, no se den por vencidos. A veces las circunstancias permiten que un joven destaque aun cuando todo esta en su contra. A principios del siglo XX, Srinivasa Ramanujan estaba refundido trabajando de secretario en una oficina en Madras, en la India. El joven Ramanujan, sin embargo, era un genio matemático. Frustrado por no poder proseguir sus estudios, mandó sus teoremas a Hardy. Este reconoció su potencial y se lo llevo a Cambridge en Inglaterra. No dudo que haya muchos Ramanujans ignorados en un pueblito jodido de México o pepenando en una ciudad perdida del defectuoso o lavando excusados en Chicago. Abajo está mi correo y los tratare de ayudar en la medida de mis posibilidades.
Y por lo que toca a los que ya pintan canas, si tienen una divina obsesión considérense afortunados pues ella los mantendrá jóvenes. Sean abejas. Sean Mallory. Hasta los putazos que se cosechan tratando de volar o escalar el Everest valen la pena.